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Capítulo VIII: UNA AMIGA FIEL

CAPÍT ULO VIII

NA AMIGA FIEL

 Era necesario atravesar la Bahía para alcanzar el Cabo Velas y cuando la marea estaba baja ello conllevaba un notable retraso, obligados a bordear la Canal; si la marea era viva podía hasta duplicarse el tiempo a invertir en cubrir la travesía. Una vez en la orilla el acceso a la playa del Mediodía era posible gracias a un pasillo de roca exterior al acantilado, a través de la Cueva de El Francés. La bautizaron así a causa de un biólogo galo que habitó esos lares mientras estudiaba las colonias de aves y la flora autóctona de la zona, quizás, eso sí, en contacto demasiado directo con los elementos del estudio. Fue así que la cueva sirvió de hogar y despacho para elaborar sus informes de campo. Entre los lugareños, sin embargo, El Francés fue considerado primeramente como un náufrago y, después de observada su inhabitual conducta, como un loco y estrafalario vagabundo, pues sin abandonar nunca las fronteras impuestas entre aquellos islotes, deambulaba semidesnudo, solitario, cobijado en la gruta y sin que nadie pudiera explicarse de qué se alimentaba y cómo pudo aguantar tanto tiempo en tales precarias condiciones. Un día desapareció sin más, ya no se le volvió a ver. Nadie frecuentaba la playa del Mediodía, algún pescador que se acercó aseguraba que las gaviotas soportaban con indiferencia la presencia humana.
 Era el único pasajero de aquel último trayecto de la tarde y, de un salto, me apeé cuando la lancha vadeaba lenta y próxima a los islotes. La cortina de lluvia no iba a convertirse en impedimento para intentar llevar a cabo mi inicial propósito y, resuelto, ahora que la tarde regalaba una tregua de luz, me apresté a recorrer el acantilado con objeto de conocer el lugar exacto donde tuvo lugar el accidente de mi padre. Ni rastro de restos del vehículo entre las rocas ni en la playa. La pared escarpada caía a pico sobre el mar, entre puntiagudas aristas, desde la estrecha pista que ascendía en sinuosas curvas que esquivaban el desnivel. Sin duda, un lugar inapropiado para conducir un vehículo y, sobre todo, de noche. No hacía mas que preguntarme lo que atrajo a mi padre hasta ese apartado paraje, debió ser algo lo suficientemente importante para merecer el riesgo. Desde allí, me dejé cautivar por el panorama idílico de las gaviotas en la playa, me llamó la atención su elegante vuelo entre las olas y, contemplando el arte de las acrobáticas piruetas con que adornaban el cielo, así, hermanándome al mar, me dormí en la playa, tendido y amparado en la cálida arena, NOVELA El Cantor De Olas, recostado entre las rocas, hasta que sobre el cielo desteñido del atardecer unos nubarrones cenicientos acompañaron, fríos, a un viento ahora más impetuoso.
 Fue el azote del viento en el rostro lo que me despertó. La arena de la playa también había perdido su cálido manto original y, despojado de su abrigo, incómodo y molesto, me incorporé presuroso con la determinación de poner mis pasos rumbo de vuelta a la población. Me había alejado demasiado y ahora la lluvia se animaba en conquistar cada resquicio de tarde. Las botas mojadas, pesadas por el agua, dificultaban la subida por el acantilado arriba y la marcha rápida por senderos adivinados, casi inventados al borde mismo del acantilado.
 Un graznido ronco de gaviota me advirtió del peligro, del precipicio cercano. Pude vislumbrar a través de la película de agua que me bañaba la cara, la silueta gris del ave planeando lento a mi lado, casi a la altura de mi hombro. Instintivamente, desviándome en cuatro largas zancadas, arriesgadas, topé con el camino vecinal, ahora embarrado, que enlazaba con la carretera comarcal. Aún me separaban de Claridades varios kilómetros y tuve que realizar a pie el trayecto hasta el apeadero más próximo, mientras la lluvia arreciaba fina y tímidamente. Cuando el autobús llegó a las inmediaciones del barrio de pescadores la tarde dejó paso de nuevo a un brillo tenue que alegró las calles empedradas, vacías de gentes.
 Ya en la habitación del hostal, en La Taberna, me desembaracé de la maltrecha vestimenta y, cansado por la carrera y la llovizna incesante, me dejé caer rendido en la cama, me cubrí con las mantas hasta el mentón y aún pude observar el agrisado tono del cielo que asomaba por la ventana del ático. Después, en apenas un instante, me quedé de nuevo dormido, exhausto, profundamente. Como entre sueños reconocí el acantilado que momentos antes había recorrido en distraído paseo. Observé las oscuras rocas de aristas arrugadas y el estrecho sendero de arena que bordeaba el canto de la costa. Podía escuchar el rumor cercano del mar y los graznidos de las gaviotas de sonora estridencia, saludándome allá arriba. La tarde llegaba a su fin y, en bandadas, las aves regresaban hacia el este, a su hogar. El islote de Los Pájaros flotaba entre el dorado tono del oleaje como un paraíso perdido, un nido prometido.
 ...Allí estaba la gaviota, azuladamente gris, posada en la repisa de su ventana, recortada sobre el tamiz nublado, pero calmo del cielo. La gaviota me saludaba, me preguntaba qué tal estaba, cómo había ido todo, si ya me encontraba a salvo. Se preocupaba por mi bienestar, antes al borde del acantilado y, ahora, cómodo, recostado en el lecho. Así, desplegó sus alas en lento batir y abandonó la ventana para reemprender el vuelo...
 Me pareció haber escuchado cómo me hablaba el ave. Me pareció haberla visto allí, en la cornisa, despidiéndose para reiniciar su viaje y remontar hacia lo alto... Me pareció contemplar su sonrisa mientras aleteaba alegre, firme, majestuosa...

Capítulo VIII  El Cantor de Olas



Publicado por elmontanes el dia 19-08-06 a las 20:03:40
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Capítulo VII: EL CANTOR DE OLAS

CAPÍT ULO VII

L CANTOR DE OLAS

 Esa mañana casi me quedé dormido en el vestíbulo de espera. Después de un viaje tan largo y rápido, en cuanto a lo inminente del hecho, estaba a falta de horas de descanso, mas que fuera para recapacitar reposadamente sobre lo recién sucedido, todo tan inesperado. Apenas dos días antes había llegado el aviso del hallazgo de mi padre entre respuestas demasiado difusas para mis interrogantes y, si bien no descarté del todo la fatal posibilidad, no fue hasta el final de mi repentino viaje que me hallé ante el penoso accidente y con la ingrata sorpresa de tener que reconocer el cuerpo que había aparecido flotando entre las rocas, paralelo a la costa; algo descolorido e hinchado, a causa del agua del mar, pero que sin ninguna duda se trataba del de mi infortunado padre.
 Después de confirmar que el cuerpo rescatado de las aguas era el de él, sólo quedaban por cerrar los últimos trámites, los más incómodos, por lo que procuré ser lo más fiel posible a los designios que en vida pude escucharle en alguna ocasión que habíamos conversado al respecto; él manifestó su preferencia por las cenizas y así lo decidí en su nombre, con la certeza de que resultaba la mejor elección tratándose de su final.
 Por fin apareció el señor Notario tras la enorme y silenciosa puerta blanquecina, invitándome a pasar al frío despacho donde, serio y sin demasiado preámbulo, pues ya eran conocidos los parcos detalles de lo testamentado por mi padre, llevó a cabo el último requisito, el de cumplimentar su deseo final. Así, me entregó el paquete aquel, a modo de sobre grande, en el que podía leerse: “Para ti, en tu viaje de vuelta”. Con un par de firmas quedó estampado el rostro burocrático de aquella situación irremediable y con un apretón de manos, sin sonrisa, di el primer paso hacia lo que ya era una nueva vida o, al menos, NOVELA El Cantor De Olashacia el nuevo rumbo que, también inevitable, surgía delante de mí ante la desaparición de un ser tan querido.
 Fue a la tarde siguiente cuando estrené aquel ritual que alguna voz insospechada parecía susurrarme; hasta mis pasos parecían guiados, conocer el camino. Seguí hasta el final del muelle, bajo la cansina luz de las farolas que bordeaban el paseo marítimo, hoy aún más frío y triste bajo la lluvia tenue. Quizás debido a ello no había gente en esta ocasión en el embarcadero. La lancha que atravesaba periódicamente la bahía partió esa tarde con solo un pasajero, como si lluvia, lancha y tarde, sabedoras de su penoso sentir, se hubieran confabulado para rescatar el corazón íntimo del misterio mismo y que, así, resucitase impoluto el secreto de lo innombrable. Sí, aquel era el lugar, donde la bocana del puerto moría para, cruzando la Canal, doblar el Cabo y enfilar el Islote del pequeño faro, donde reconocí el antiguo embarcadero, ahora abandonado a su suerte de mero adorno costero. Sin duda era el sitio apropiado para desperdigar al viento las cenizas del infatigable viajero, las de mi padre muerto. Incluso el cofrecillo de madera que las cobijó, mudo testigo, también acabó por hundirse para siempre justo en ese lugar, en el mismo en el que las cenizas se fundieron con las olas ondulantes, cómplices, en voluptuoso abrazo de eternidad.
 Desde la amura de estribor, sentado bajo el modesto toldete que lo guarecía de la lluvia, ahora más suave, desdoblé el paquete y abrí el sobre sin mostrar emoción en el gesto. Y extraje el libro, un manual menudo de estilo artesano, cuidado y conservado al paso del tiempo. Las hojas resbalaron limpias y, con ritmo uniforme, acaricié los cantos. Palmeé el lomo, leyendo el título con voz queda: “El Cantor de Olas”... Y ahora sí, por orden, pasé de a una cada página. En la primera, la dedicatoria, que releí: “A tu vuelta”...
 La lluvia pareció rendirse al tenaz empuje del viento, que soplaba ahora con más ímpetu. Apreté el libro en mi pecho, protegido, mientras se dejaba oir el silbido agudo del viento y la espuma entonaba una canción de ancestros. Entonces lo presentí... El Cantor de Olas hizo su aparición, se dejó ver. Ahora, por fin, me sonreía con su canción. Y sonó así:
 ...Soy El Cantor de Olas, no me busques ni preguntes por mí. Soy el que sale al encuentro. Te elegí porque llegaste hasta aquí, por la última razón que anida en ti una vez te despojaste del resto. Te atreviste a escuchar cómo grita el silencio y, ahora, sólo deseas que dure y te inunde el recuerdo, la sensación de su fluir eterno. Es un tesoro sin valor pretenderme entre los ruidos, soy el que decide cautivarte con horizontes, embriagarte de espuma de olas y salitre, envolverte con este canto que emana de adentro. Soy El Cantor de Olas, me conoces, el que sale al encuentro...
 Al atracar de nuevo en puerto la lancha chocó blanda, mojada, contra el muelle entumecido. El patrón no pareció sorprenderse de no hallar pasajero alguno a bordo, tal vez, pensó, se había apeado apresurado. La tarde se iluminó de un brillo irreal que emergía de entre las nubes oscuras condenando al olvido a la lluvia que momentos antes se había inclinado oblicua, azotada por el viento que, racheado, empapaba cada rincón del aire creando fantasmagóricas impresiones al desplazar la cortina de agua. Quizás fue también instantánea ilusión el fugaz halo que dejó el viento a su paso, impertinente, al rozarlo; casi podía haberlo tocado, aunque sin dedicarle mayor significado, el patrón de Casualidades se distrajo silbando aquella melodía familiar que por fin había acertado en recordar.

Capítulo VII  El Cantor de Olas



Publicado por elmontanes el dia 18-04-06 a las 18:52:54
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Capítulo VI: CASUALIDADES

CAPÍT ULO VI

ASUALIDADES

 Al principio lo tomé a broma, así podía parecerlo, curiosamente gracioso, pero fui cayendo en la cuenta de que Casualidades se trataba en verdad de un apellido. Y Joaquín el nombre de su portador, aunque no el originario, pero sí el consanguíneo sucesor y legítimo heredero de los apellidos y negocios de la familia. Sus empresas estaban ligadas a la prehistoria de Bahía, aunque a Joaquín Casualidades le correspondió en suerte la responsabilidad de regentar la naviera, una red de lanchas que atravesaban a diario el cotidiano horizonte marítimo, del puerto a Cabo Velas y viceversa, uniendo así a las gentes de la comarca. Era una exclusiva dedicación y sin competencia alguna, por lo que la empresa familiar había crecido en progresión natural con los años. Las siglas de Casualidades adornaban los cascos de una flota hoy reducida a una decena de embarcaciones de pasajeros. Con el final del verano, sin embargo, tan solo eran necesarias la mitad de ellas para hacer frente a las tareas, El Cantor de Olas ya que resultaba imposible inventarse más trabajo, aunque se deseara.
 Joaquín Casualidades, padre, seguía pilotando él mismo una de las naves, de las más antiguas, la Capitana que gustaba en llamarla. Cruzar la Canal para él no tenía misterios, era capaz de navegar con los ojos vendados y bien hubiera podido entregarse al sosiego y placer del merecido retiro, además bien remunerado, pero no iba con él ese talante. Hombre recio, de los que curte el mar, trabajó siempre y duro. Nada le regalaron y tampoco nunca lo habría permitido. Ahora sus hijos y los sobrinos eran sus empleados, pero él sentía la necesidad de repetir lo que siempre había hecho, de sentirse vivo frente al barnizado timón de su Capitana, mascullando entredientes tonadas marineras, estribillos de pescadores, sin duda de otra época que, desde joven, le habían calado hondo. De ahí le venía el aspecto ladeado de su media sonrisa, de tararear de costado. Al contrario, su mirada firme, decididamente templada, relataba una denostada vida de constancia, entrenada en escudriñar detalles de mares y costas, pues a Bahía Claridades venían a morir olas de dispares y lejanos confines.
 Aquella tarde, tocando la jornada a su fin y a pesar de la lluvia, recordaba que sólo llevó un pasajero a la otra orilla o, al menos, sería capaz de jurar que así le había parecido. Cierto que en esta època del año la escasa intensidad del trabajo transformaba en rutinario tedio hasta la monótona obligación de tener que pensar o, tal vez, puede que fuera eso, ya empezaba a darlo vueltas, la carga de los años le pesaba en los hombros. A veces, agarrando el timón con ambas manos sentía cómo le colgaban los brazos, caídos al suelo. Es entonces cuando, resoplando, acababa la tarde sudoroso y lanzaba por la borda el desgastado cigarro que tanto había apretado entre los labios. Quizás fuera hora ya de obedecer a su Violeta y abandonar esa maldita costumbre, ya no era ningún chiquillo. Ese tabaco del demonio y su obstinado empeño en continuar patrullando la Capitana, como si fuera un chaval a estas alturas, terminarían por acabar con él... Debería hacer más caso a Violeta, sí. Ella siempre tenía razón. Los Casualidades siempre fueron muy obstinados

Capítulo VI  El Cantor de Olas



Publicado por elmontanes el dia 17-02-06 a las 15:54:22
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Capítulo V: BAHÍA CLARIDADES

CAPÍT ULO V

AHÍA CLARIDADES

 Según se descendía desde el faro, Bahía Claridades aparecía de a poco, deslumbrante, revelando en su esplendor el secreto de su nombre. Las casas encaladas de los pescadores escalonaban la pared rocosa del acantilado y el espolón del puerto viejo emergía, paralelo a la costa, salpicado de coloridas embarcaciones que reposaban entre nubes plateadas de gaviotas, vecinas privilegiadas del lugar.
 Desde el mar, la entrada a la Bahía resultaba también majestuosa, impresionaba aún más la armoniosa conjunción entre belleza y naturaleza. A un lado, quedaba el islote del antiguo faro con su embarcadero, hoy también abandonado. Hacía ya algo más de una década que el pequeño faro no funcionaba y, aunque su actividad cesó, había pasado a formar parte de la geografía familiar que daba la bienvenida al visitante que venía desde el océano. Del otro lado, pequeñas calas casi salvajes se sucedían en la orilla. Era la del Arco de la Media Luna la más renombrada, solo visible con marea baja y a la que acudían turistas y curiosos para admirar las originales formas que adquirían las rocas, NOVELA El Cantor De Olasfusionadas en su erosión al acantilado.
 Y atrás, el archipiélago Cormoranes, vigilante, a modo de escudo protector, resguardando al puerto de los vientos húmedos del noroeste, como si la mágica mano del dios del mar lo hubiera ubicado allí, estratégica y premeditadamente. La costa se abría entonces hospitalaria y generosa, mostrando sus ocultos rincones, los encantos de su preciado tesoro.
 La playa del Mediodía destacaba por su enorme extensión, su arena coralina dibujaba una viva franja blanquecina que bordeaba el oscuro contorno de la roca volcánica, casi de un negro azabache en ese tramo costero. El mar aquí se tornaba de un verde azulado, casi turquesa que con intensidad realzaba su atractivo don, hechizando las sensibilidades. Sin embargo, eran las gaviotas los únicos habitantes de tal idílico paraje que, en grandes bandadas, ocupaban su orilla y los arrecifes próximos. Uno de ellos, el más alto, tomaba por ello su nombre, el islote de Los Pájaros, auténtico hogar para sus cuantiosas y ruidosas nidadas, aunque apenas imperceptibles, eso sí, desde la Bahía.
 Ya en la Canal, la corriente enfilaba a puerto y cambiaba el color, se hacía aquí rápida y, en contra, más fría. Desde la bocana, las casitas blancas, encaladas, destelleaban su saludo luminoso, asomadas al puerto en silencioso murmullo de siglos. Un balcón al mar, cantaba el himno de la comarca y, verdaderamente, es en lo que se convertía la hilera ininterrumpida de puertas y ventanas con sus terrazas colgadas, que encalaban el acantilado rocoso y alegraban el perfil recortado del litoral.

Capítulo V  El Cantor de Olas



Publicado por elmontanes el dia 04-12-05 a las 17:32:57
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Capítulo IV: PAISAJE DE IDA

CAPÍT ULO IV

AISAJE DE IDA

    No era la niebla precisamente la mejor compañera de viaje, pero el tono urgente de la llamada me hablaba de la verdadera importancia que adquiría el reciente acontecimiento. Por eso me puse en camino de inmediato, nada más recibirla. Significaba que por fin se había dado con el paradero de mi padre, ausente desde hacía demasiadas jornadas de viaje, con rumbo desconocido. Hacía ya más de una semana que había partido y aunque en otras ocasiones gustaba de viajar, siempre había regresado puntual, previo aviso.
 Mi padre era cartero en Coaxtlán, pequeña población pesquera en la zona limítrofe con la desembocadura del Gran Río Ipal. Teníamos en común entre otros aspectos el del inusitado placer que provocaba viajar y disfrutar del sabor inapreciable de las escapadas en libertad, sin rendir cuentas de horarios o lugares. Pero hasta la fecha siempre nos habíamos correspondido con fidelidad en esa especie de confianza incuestionable que de forma mutua padre e hijo nos depositábamos. Ahora que mi padre disponía de más tiempo, desde su jubilación, para dedicarlo a este tipo de excursiones había casi que aguijonearlo para que se decidiera a dar el primer paso, pues pasaba la mayor parte del tiempo encerrado entre las cuatro paredes de casa, absorto en escribir, afición que siempre le acompañó y a la que dedicaba un lugar especial en la estantería del hogar donde reposaban algunos de sus libros de poemas que había conseguido publicar por su propia cuenta y riesgo, como él solía explicar. Sin embargo, su empeño por educarle en esa libertad controlada no casaba con aquella anómala situación, no era amigo de prolongar las ausencias. Es por ello que, al desafiar con cierto desasosiego aquel inquebrantable pacto su tardanza me preocupaba y, de alguna manera, me hacía sentir culpable al haber insistido con excesivo denuedo en animarle a partir.
 Por el contrario, mi madre nos dejó mucho antes, durante el parto, cuando yo nací; si bien mi padre se había ocupado oportunamente de que su presencia en forma de bello recuerdo estuviera siempre presente. Lejos de ahogarse con el problema o de verse desbordado ante lo delicado de tal situación, mi padre se aferró a aquel lazo de tal manera y con tal esforzado afecto que, a base del sacrificio y tesón que acompañaba a lo que se amaba, nuestra relación acabó por desembocar en una fuerte y duradera ligazón, enriquecida a través de toda una vida de convivencia en común. Hasta ahora habíamos sabido desenvolvernos a la perfección, sin motivo alguno para hacer peligrar el sólido equilibrio conseguido y del que tanto nos podíamos vanagloriar. No obstante, en esta ocasión, la escapada resultaba demasiado larga y, como hombre cabal y cumplidor para con sus obligaciones principales, ya debería estar de vuelta. Por ello, la ambigüedad del mensaje que representaba el final de su larga búsqueda fue el principal acicate que me animó a continuar avanzando, a pesar del acusado cansancio que ya notaba al cabo de doce horas seguidas pegado al volante.
 Ya había traspasado la cadena montañosa que, a modo de frontera natural, separaba la costa del norte. Cuántas veces había recorrido con mi padre aquella carretera general que atravesaba la sierra, transformada hoy en una ligera y adecentada autovía. A partir de ahora me adentraba y continuaba solo, sin poder evitar traer el inquietante recuerdo de mi padre a la memoria. Desde la ventanilla volvía de nuevo a contemplar los más variados parajes...
 La pradera tupida extendía su manto uniforme sobre el cuero cabelludo del terreno, bordeando cada contorno a ras del horizonte. NOVELA El Cantor de OlasLas nubes cenicientas, cejas oscuras en lo alto, arqueaban su abigarrada forma y la frente del cielo dejaba de arrugarse cuando la noche caía. El brillo de las estrellas, entonces, custodiaba el sueño en los ojos del valle.
 Desde el promontorio, la cordillera montañosa se deslizaba firme, nariz rocosa, rotunda. Y a ambos lados, la pendiente descendía escarpada para encontrarse, suave, y después fundirse con los pómulos cercanos de los montes próximos. En un tiempo, frondosos bosques poblaron su relieve. Hoy, más claros y diáfanos, dejaban al aire las cicatrices de su áspera piel curtida.
 Antes de alcanzar los acantilados, hacia el sur, encontrábamos la sima del Gran Lago, estrecha grieta alargada, boca pronunciada, pero ligeramente elevada, que daba cobijo a un pequeño mar interior, nutrido de innumerables afluentes, todos ellos subterráneos. Era ésta una zona de marcados contrastes, en ocasiones drásticos, de coléricas tormentas y erupciones o bien de templada brisa y vientos rápidos, que arrastraban a su paso las claridades del talud, como si esbozaran una sonrisa a la tarde huidiza...
 La jornada había amanecido gris, fresca, ideal para viajar y así continué hasta que, antes del anochecer hice un alto en la ruta para consultar de nuevo el mapa de carretera: Claridades. Tal vez la sugerente belleza del nombre atrajo a mi padre hacia aquel lugar; me intrigaba en cualquier caso. Al mediodía ya se había disipado la niebla y, a media tarde, de pronto, el mar apareció brusco. Sin anunciarse ya lo había invadido todo con su asalitrado aroma, hondo y pesado. Cuando uno quería darse cuenta, siempre ocurría así, como una bofetada anticipada, ya se había apoderado de cada rincón del entorno. El ambiente húmedo que originaba la bruma me recordó que me adentraba en sus dominios. Casi se podía palpar ahora, hasta la costa acusaba su huella y la pared vertical, cortada, se precipitaba hacia su rugido de inmensidad… Aspiré el aire contagiado de sal, estirándome en el asiento, para luego tensar cada músculo e impregnarme así de su denso olor, pleno… El mar cantaba olas, cerca ya de Claridades.

Capítulo IV  El Cantor de Olas



Publicado por elmontanes el dia 04-11-05 a las 13:37:12
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Capítulo III: DESDE EL FARO

CAPÍT ULO III

ESDE EL FARO

  La carretera que ascendía hasta Punta Roque serpenteaba entre acantilados por estrechos pasos horadados en la roca. El faro dormía en medio del mar inmenso, plácido. Bien pudiera parecer que era el mismo mar el que dormitaba, descansado, seguro y confortado por la presencia del faro, que despuntaba por encima de la línea roja del horizonte. La noche, entonces, siluetaba su figura de sombra y el faro parecía cobrar vida. Su ojo mágico de luz circundaba el techo del cielo y la noche, desvelada en su secreta intimidad, temblaba al compás de las olas plateadas y sonoras, susurrantes, para aplacar el silencio contenido.
 La Bahía resplandecía en su quietud y más allá, sobre el trazo adormilado del horizonte, el archipiélago de Cormoranes recortaba su oscura silueta. Hoy, convertido en reserva natural protegida, Cormoranes era el refugio paradisíaco de aves migratorias, de especies exóticas algunas de ellas, otras autóctonas, que hacían del archipiélago un mundo idóneo para anidar. Atraídas por la paz que brinda el aislamiento y por la seguridad de mantener alejado al hombre, las aves eran los únicos y verdaderos propietarios de aquel atolón solitario. Aves todas diferentes, charranes, petreles, cormoranes moñudos, habitantes originales y en abundancia, gaviotas patiamarillas e incluso frailecillos, se repartían en esforzada disputa las mejores parcelas, los distintos riscos de entre los acantilados, como si de enfrentados vecinos se tratase. Las diversas colonias de pájaros bullían en incesante aleteo sobre el techo despejado y limpio de las islas. La variedad de sus trinos, ya roncos y graves o agudos e intermitentes, se transformaba en un ruidoso in crescendo, casi ensordecedor, a medida que uno –si tenía ocasión- se iba aproximando a su accidentada costa.
 ...Nadie oyó, confundido con el vaivén del oleaje, el sordo chapoteo de la lancha que atracaba junto a la rompiente. Como tampoco nadie vio la otra barca, disimulada entre las rocas, próxima al antiguo embarcadero, que aguardaba inmóvil desde hacía ya algunas horas. El guarda NOVELA El Cantor de Olasdel faro, Héctor, acababa de unirse a su amigo, el Sr. De Melun, notario de Bahía, empedernidos enamorados de la pesca de altura y, además, los únicos capacitados para permitirse un lujo tal sin necesidad de solicitar el obligado permiso correspondiente para visitar el protegido archipiélago. La velada se extendió animada hasta el anochecer entre mariscos, vinos, risas y aguardiente. Al final, cada embarcación emprendió rumbo diferente a distinto tiempo, con los estómagos llenos y la despensa repleta de la pesca restante.
 De regreso, la madrugada ya teñía de púrpuras el lienzo enrojecido del cielo y, en el puerto, un sinfín de vencejos y golondrinas revoloteaban asustando a las estrellas. Desde la caseta del guarda, en los aledaños del faro, la Bahía comenzaba a desperezarse entre los destellos de plata que la luna había sembrado y podía escucharse el romper de las olas contra la barra de arrecifes. Habían sido unas semanas especialmente agotadoras, de trabajo acumulado y Héctor, el guarda del faro de Punta Roque, dormía a pierna suelta, después del merecido festejo. La temperatura era fresca y, a través de la ventana, una brisa suave marina se deshilachaba en diminutas nubes sobre el horizonte calmo. Nada hacía presagiar el distinto cariz que tomaría al día siguiente...
 El vehículo que se despeñó la noche anterior en el acantilado no fue encontrado hasta esa misma mañana. Sería necesario rastrear la zona para identificar al conductor, del que no existía rastro tras precipitarse entre las rocas, dar parte a los familiares del desaparecido y preparar el arriesgado rescate dado lo accidentado del lugar. De nuevo comenzaba otra ajetreada jornada en Claridades.

Capítulo I  El Cantor de Olas



Publicado por elmontanes el dia 04-10-05 a las 15:03:25
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Capítulo II: HAY UNA PLAYA

CAPÍTULO II

AY UNA PLAYA

  Quiso reflexionar, pensar en aquel naufragio. Quiso buscarle una razón a aquellos siete días que se molestó en contar, recorriendo la abrupta costa, indómita. El viento se encañonaba entre los acantilados y, con fuerza sobrehumana, amenazaba con tumbarle a uno. Había que agazaparse escudándose en los riscos, al abrigo de una embestida imprevista. Y era entonces, así, cuando el viento parecía cantar y ponerle nombre a las rocas, a cada rincón de entre ellas, a cada pliegue de acantilado que se dejaba resbalar hasta la rompiente embravecida.
  Durante una interminable semana exploró cumbres y hondonadas de aquella inhóspita costa, maltratada por el temporal. El mismo temporal que, sin compasión, lo llevó lejos de casa, que comenzó con aquella niebla que impedía conciliar el sueño. La niebla y aquella otra comezón, la de los pensamientos que se masticaban de allá para adentro y que tampoco dejaban dormir.
  De haberle contemplado alguien, pensó, le habrían figurado un loco. Sólo él, por aquellos fantasmagóricos acantilados, entre sombras pétreas de rocas rojas y grises, mojadas de niebla verde, gelatinosa y espesa, lo menos parecido a la ilusión de esperanza. Solitario durante siete jornadas seguidas, una a una, sondeando, casi adivinando, oteando horizontes nuevos o, quizás, los restos, la señal de un naufragio, una señal de vida. Sin nadie, sin compañía humana, con sus soledades, había empezado a acostumbrarse al musgo mullido bajo sus pies, al sabor húmedo del salitre en la niebla, empapándole cada poro.
  A ratos, apresuraba el paso y sorteaba el canto puntiagudo de las piedras para, aprovechando una hendidura plana, cobrar impulso nuevo, de un salto, y avanzar camino. En otros, El Cantor de Olasse estiraba de largo en la yerba aflequillada que bordaba el talo costero y escuchaba el mar, el hondo e incesante sonido del océano, mezcla de fondo profundo y de olas cantoras en superficie.
  Fue al culminar una de esas rasantes entre cielo y acantilado, en lo más alto del escarpado montículo, cuando descubrió la playa, ancha y larga, acariciada de algas entre los brillos dorados que la luz naciente del alba proyectaba, difusa. Parpadeó repetidas veces para asegurarse. No, no eran canoas aquello, abajo en la playa, ni nativos de otras islas celebrando ningún grotesco ritual, no. Aquella visión no hizo sino devolverle a otra realidad, inevitable, a la que se había estado negando durante todos estos días, siete ya, que bien se había preocupado en recontar... Abajo, las máquinas emprendían otra batida sobre la playa y los hombres de la limpieza rastreaban cada palmo de arena en su rutinario rito de cada semana. Los contenedores repletos eran descargados en los camiones que, entre estertores y con gran estruendo, ascendían su pesada carga por la empinada cuesta que conducía a la población.
  …Volvió a parpadear, nervioso, esta vez para mantener el halo de misterio creado hasta ahora. El mundo de cada día había regresado, brusco y de repente, de acuerdo a su carácter. Respiró hondo y guardó un suspiro, para aliviar el impacto. Y con aire resuelto, si bien resignado, se dirigió al lugar donde había dejado el vehículo aparcado, para regresar a casa… Pero antes, volvió la vista atrás, por un instante, para inhalar el recuerdo acuoso del sabor a niebla y grabarlo en la memoria de su espíritu errante, pues es así que deseaba quedase guardado perdurable por siempre.

Capítulo II El Cantor De Olas



Publicado por elmontanes el dia 24-09-05 a las 13:07:09
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Capítulo I: LA ÚLTIMA TARDE

CAPÍT ULO V

A ÚLTIMA TARDE

 Nunca habría imaginado que las palabras del viejo marino dejarían de ser una historia para cobrar vida propia, la nuestra. Se lo escuché a mi padre en innumerables ocasiones, cada vez que, desde muchacho, le preguntaba por el abuelo; ahora sé que toda su vida fue una búsqueda y una contienda para derrotar la ausencia, un obrar con la intención de que aquel ejemplo no se repitiera. Pero entonces el mundo cabía dentro de un cuento y aquel niño se lo tomó de la única manera que sabía, para soñar. Mi padre me había contado que la última tarde que le vio marchar fue desde la playa. Creció así, con un sonar profundo de olas en el pecho. Las estancias del abuelo, aunque breves, siempre dejaban a mi padre una huella indeleble en su ser, el mundo inmenso abriéndose con su llegada y un rastro de lágrimas calladas en cada partida. De un golpe seco solía cerrar las tapas duras del cuento aquel que siempre repetía... ¡Y así fue como el dios del mar le nombró Cantor de Olas, centinela y duende de su reino de sueños!... Después llegaba el agitado batir de manos, al despedirse desde el puerto. En uno de sus viajes, el abuelo le había dicho: ...¡No llores, no estás sólo!... Quizás por eso le pedía una y otra vez la misma historia. Luego, se escapaba del cuidado de Petra, sin que nada pudiera hacer ella por evitarlo, y subía corriendo al faro para mantener vivo el recuerdo de su presencia en la lejanía. El barco se alejaba mar adentro y ya antes de convertirse en un minúsculo punto frente al horizonte, la esperanza encontraba terreno de cultivo sembrado para anidar en su pecho o en El Cantor de Olasdios sabe qué lugar insospechado de sus sueños sin explorar. Quizás de ahí, de tanto interrogarse le vino su inquietud viajera...
 También yo había heredado de mi padre ese rasgo de inquietud tan acusado del carácter, aunque libre de la ausencia que a él le atormentaba en la infancia y que aún hoy a duras penas sobrellevaba, sobre todo en los momentos delicados, cuando las defensas morales le descendían porque resultaba imposible mantenerlas siempre en alza. La ley natural parecía imponer ese sabio equilibrio regulador, pero con los últimos acontecimientos su integridad moral había cedido leve, aunque suficiente, para dar turno a una especie de insufrible abatimiento continuado. Ahora que podía disponer de mi propia vida y, aunque nos manteníamos en contacto, desde que mi padre se jubiló, no recordaba otra crisis tan acusada de soledad y de comunicación como por la que estaba atravesando. A pesar de que, hasta entonces, todos sus desvelos habían estado orientados en ese sentido, yo nunca sentiría la desazón que a él le asolaba aún en sus años maduros; al fin y al cabo debía construir mi propia senda al igual que había hecho él. Si esta tarea le había supuesto una misión, es decir, algo que le había mantenido ocupado y concentrado hasta hoy, ahora debía enfrentarse por sí solo al nuevo rumbo que, más que una vía de solución, se planteaba como un camino abrumador. De ahí que le animara en este sentido, porque así lo entendí, cuando me explicó que necesitaba descansar, hacer que su cabeza parase de cavilar, porque los fantasmas antes derrotados hacían ahora acto de presencia. Por eso marchó hacia la costa, ya le había oído hablar de aquella zona que en alguna otra ocasión había visitado; consideró, en un alarde final de decisión, darse el respiro de conocer aires renovadores. Quién sabe, tal vez con algo de suerte consiguiera de una vez por siempre hacer desistir a aquellos fantasmas de regresar a su morada.

Capítulo I  El Cantor de Olas



Publicado por elmontanes el dia 24-09-05 a las 11:47:28
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*Presentación:

*NOVELA: "EL CANTOR DE OLAS" Presentación

LEE NOVELA    El Cantor De Olas

...Aquí comienza un proyecto nuevo, la Novela "EL CANTOR DE OLAS", a la que sois invitados en su primera lectura. Capítulo a capítulo tendréis la posibilidad de opinar, comentar y enviar vuestras sugerencias o críticas, mejor si son constructivas y ayudan al buen ambiente.
 Quiero experimentar el hecho de dar a conocer mi texto, prácticamente ya acabado, al parecer único de cada lector. Espero resulte una experiencia fascinante o, cuando menos, entretenida. Para mí, sin duda, es del todo creativa. Ahí la expongo para compartir:

           ¡¡¡ Feliz lectura y Gracias a vosotros, solidarios lectores !!!



Publicado por elmontanes el dia 23-09-05 a las 23:29:00
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